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VOZ UNIVERSITARIA

Una alerta necesaria sobre el ser o no ser de la transición hacia el socialismo en Cuba

Es el pueblo el que tiene que tener claro cuáles son los cambios puntuales necesarios y cuál el derrotero de las transformaciones estratégicas

Roberto Cobas Avivar


La reorganización de la economía cubana constituye una empresa (valga la ironía semántica) de extraordinaria envergadura. Se trata de la reorganización del sistema socioeconómico sobre nuevos fundamentos. Es, sin duda, un problema complejo.

Lo anterior pudiera parecer una verdad de Perogrullo, pero tampoco lo es, para desasosiego del pensamiento económico y político propio y foráneo, el socialista y el capitalista. No existe una teoría de la economía política del socialismo, cuya práctica, a diferencia del capitalismo, haya sido el criterio de sus verdades (y sus mentiras). La práctica capitalista, a pesar de sus vastas enseñanzas, no nos sirve como criterio de presupuestos a demostrar por una formación socioeconómica alternativa como pretende ser en Cuba la socialista. Subrayo en Cuba no por fuerza inercial del pensamiento de quien cree que la eutopía[1] posible con que Juana G. Abás nos prefigura la Isla, imposible para enemigos y detractores, se gesta justo en la Mayor de las Antillas, sino por el convencimiento de que la Revolución de 1959 creó las condiciones necesarias para ello[2]. El reto, cincuenta años después, sigue consistiendo en crear las suficientes.

Para desilusionar a los que esperan de análisis complejos píldoras periodísticas prêt-à-porter, quiero advertir que toda alusión al camino vietnamita o, incluso, al chino como trayectorias para Cuba se inscribe en el desconocimiento o la intención de desconocer que aquellas transformaciones no se plantean vías de desarrollo alternativas al capitalismo. Es decir, que allí dentro del partido en el poder se ha impuesto la certidumbre sobre la imposibilidad de alcanzar mediante una alternativa al modo de producción y de relaciones socioeconómicas capitalistas el desarrollo avanzado de las fuerzas productivas.

Es por eso que llama sumamente la atención que el partido en el poder en Cuba no haya planteado abiertamente la discusión de fondo sobre la naturaleza de la transformación del modo de producción cubano actual. Mientras que, sin embargo, se oyen cada vez más voces de reconocida autoridad en especulaciones informales públicas aludiendo a las soluciones vietnamitas o chinas como referentes a tomar inexorablemente en cuenta. Opiniones “filtradas” que provienen de especialistas designados para estudiar y proponer los nuevos conceptos y los cambios estructurales de los que hablara el Presidente del Consejo de Estado. Un estado de opiniones autorizadas que, independientemente de la solidez o no de sus fundamentos, escapa al debate y el contraste de las distintas corrientes de pensamiento popular e intelectual. ¿No podría acaso el ICRT[3] propiciar en la televisión cubana un espacio transparente de confrontación de ideas entre especialistas y no especialistas, representantes políticos y gremiales, intelectuales y pueblo acerca de estos problemas cruciales para el socialismo en Cuba? ¿Qué lo sigue impidiendo?

La primera reflexión política que se derivada de dicho estado de cosas apunta a la entronización de un escenario de transformaciones capitalistas de facto.

Ello no obedece al problema de que, como expone el Líder de la Revolución[4], haya teóricos en Cuba del acceso fácil a los bienes de consumo, a cuyos sueños los oídos y ojos imperiales permanecen atentos. No. Ese camino se labra a partir del poder de fuertes enclaves económicos estatales que, participados por capital extranjero o no, definen actualmente una correlación de fuerza a favor de mantener la alienación de los trabajadores con respecto a los medios de producción. Lo cual responde a los intereses corporativos de una burocracia político-empresarial lo suficientemente favorecida como elite ejecutiva de clara proyección internacional. En tales circunstancias la introducción de reformas administrativas que liberalicen los pequeños y medianos negocios autónomos, bienvenidos por la población y el movimiento de la economía, vendría a legitimar las relaciones de poder económico para-institucional de las grandes empresas (grandes negocios), del cual depende el real control de la acumulación y concentración de capital.

La creación y funcionamiento de conglomerados de producción y comercialización es sin lugar a dudas una forma de potenciar sectores industriales de la economía nacional. Sin embargo, Holdings como CIMEX[5] o aquellos establecidos en la esfera de la industria turística – regentados directa o indirectamente por las FAR u otros ministerios - constituyen conglomerados económicos de fuerte concentración de capital disociados de todo control popular. Son administrados por una tecnocracia designada por canales verticales de selección (el susodicho "dedo”) y bien relacionada en el ámbito de las relaciones económicas internacionales. Sus trabajadores, los directamente productivos y los administrativos intermedios, mantienen una relación de dependencia salarial especialmente alienante, por cuanto propician el cultivo de una suerte de “aristocracia obrera” dado el hecho de la doble circulación monetaria y el mayor estándar de ingresos en divisas de dichas entidades. Tales organizaciones - a pesar de una estructuración de capital mayoritaria o absoluta a favor del estado - no se diferencian en su esencia corporativa de sus pares capitalistas.

La concentración del poder económico invalida la socialización de la participación. Invalida la posibilidad real de que el pueblo se identifique con el patrimonio productivo de la nación y pueda ser, por ende, el baluarte contra cualquier forma de su expropiación.

En condiciones de ausencia de participación económica democrática, la necesaria descentralización económico-financiera de la economía daría lógicamente luz verde al fomento de una estructura independiente de poder económico dentro del estado difícilmente controlable por la sociedad. Lo que, ante la falta de medios de comunicación populares e independientes, es decir, dados a la investigación e información crítica sobre el funcionamiento de todos los actores sociales, económicos y políticos, estaría condicionando (secuestrando) el derrotero de las transformaciones sistémicas que se necesitan. Son éstos los problemas conceptuales a discutir abiertamente por la sociedad.

En efecto, la introducción de cambios puntuales de facto en el sistema socioeconómico fuera de una visión (o proyecto) integral de transformación, amén de estar condenada a la ineficiencia estructural, no puede más que contaminar la naturaleza política de los cambios. Por lo cual la única forma de centrar el carácter de los mismos dentro de una trayectoria claramente anti-capitalista e inequívocamente incluyente se logra a partir de las definiciones políticas de las transformaciones conceptuales y estructurales. De ahí que haya insistido e insista en que tal claridad - sobre la naturaleza política de las nuevas concepciones socioeconómicas - puede ser sólo establecida por el congreso del partido gobernante. Se trata, reitero, del establecimiento de una nueva Plataforma Programática del desarrollo de una modelación socialista de nuevo tipo.

No es posible que el partido instituido como fuerza rectora de la sociedad pueda evadir la responsabilidad y la urgencia de sentar las definiciones programáticas sobre las transformaciones conceptuales y estructurales concernientes a la modelación socioeconómica que anuncia como insoslayables el Segundo Secretario de la organización política. Esa ha de ser la discusión crucial de la sociedad cubana. Comprobar y establecer el consenso entre los legítimos intereses y visiones de transformación albergadas por el pueblo y las concepciones e ideas que sobre esas transformaciones hayan podido madurar en el partido gobernante. De ello dependerá la renovación de la legitimidad del partido único y la cohesión de la sociedad en pos del cambio revolucionario y comprometido. Esos cambios conceptuales y estructurales que han de marcar el rumbo de una transición hacia el socialismo que sea decidida y viable.

Es el pueblo el que tiene que tener claro cuáles son los cambios puntuales necesarios y cuál el derrotero de las transformaciones estratégicas. En realidad el pueblo no tiene la más mínima idea de hacia dónde se marcha. Es decir, de cuáles cambios a corto y mediano plazo conducirán a objetivos de largo alcance. Lo que, naturalmente, obliga a las definiciones idealistas sobre qué tipo de sociedad quiere el pueblo. No se trata de la abstracción sobre las utopías de la sociedad justa, sino sobre el modelo de participación, la cualidad de la democracia en lo social, lo económico y lo político. En última instancia sobre la dimensión cultural de la participación socioeconómica. Hablo de esa renovación de la idea socialista de la participación, a cuya discusión renunció el reciente VII Congreso de la UNEAC[6], desperdiciándose así la oportunidad de sentar pautas al debate y el compromiso dialéctico que ha de esperarse del sexto congreso del partido.

Existen las opiniones que, no sin argumentaciones plausibles que comparto, defienden lo improcedente de esperar por cambios políticos para introducir cambios económicos obvios o deseados desde ya. Más importante aún es observar que el país avanza programas de desarrollo económico incuestionables en sí mismos, especialmente en el desarrollo de las infraestructuras y la capitalización de importantes sectores productivos. Que la economía tomada como macro producto se expande, con crecimientos de su PIB destacables y que, por lo tanto, ese país extraño como nos recuerda David Orrio es un fruto de la enfermiza obsesión de los EEUU con Cuba[7]. Y que ese crecimiento sostenido, como he llegado a analizar y exponer, es imprescindible para abordar las reformas sistémicas de la economía. En principio, es claro que la transformación de la base económica condiciona la adecuación de la superestructura política del modelo de sociedad y estado. No es contradictorio, sin embargo, que desde la superestructura se articulen aquellas definiciones políticas marco que impidan el voluntarismo y la desmoralizante y destructiva marcha de Sísifo. El proceso de cambios conceptuales interactúa y se retroalimenta del proceso de transformaciones estructurales. En consecuencia, no puede obviarse el planteamiento abierto a la sociedad y por la sociedad de problemas que contengan las ideas fuerza de las transformaciones conceptuales y estructurales de las que habla difusamente la dirección del partido gobernante.

No es necesario insistir en este texto en ideas expuestas y desarrolladas por el que suscribe en disímiles trabajos sobre el complejo problema de las transformaciones del modo de producción y de las relaciones socioeconómicas que entiendo necesita la renovación del proyecto socialista cubano. Han sido publicadas y siempre pueden ser debatidas. Disímiles trabajos de otros autores cubanos abordan el problema de una u otra forma.

Ahora he querido alertar sobre el riesgo de que a la sociedad le pueda ser escamoteado, por no procurarse plena conciencia sobre el carácter de las contradicciones de fondo de su realidad, su derecho a decidir la naturaleza de los cambios. Posibilidad que puede ser real sólo a partir del debate desprejuiciado sobre todos y cada uno de los factores determinantes. Las políticas de hechos consumados sin plena transparencia social y política sobre las causas, las razones y las proyecciones favorecen la consolidación del socialismo de estado que hasta ahora sustrae al pueblo el poder real y lo deposita en la burocracia político-administrativa inherente a dicha modelación de estado. Un camino que conculca la viabilidad de un proyecto socialista urgido a establecerse como una convincente opción de desarrollo socio-humano. Convincente tanto para el pueblo cubano como para aquellos pueblos que en el entorno geopolítico regional necesitan, con la premura que demanda el cambio de época que se vislumbra, los referentes incontestables para sus luchas y aspiraciones. Esa será la contribución trascendental de Cuba a la idea del socialismo en América Latina.



Roberto Cobas Avivar (RCA)


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[1] Juana García Abás, revista ELLE, abril, No. 259.

[2] Roberto Cobas Avivar, “Cuba y el desafío de la alternativa: hacia su negación o en pos de su viabilidad. Una incursión alrededor de las claves”, 2003, en Cuba Siglo XXI; http://www.nodo50.org/cubasigloXXI/politica/cobas1_310703.pdf

[3] ICRT – Instituto Cubano de Radio y Televisión.

[4] Fidel Castro Ruz, en: “Bush, los millonarios, el consumismo y el subconsumo”; http://www.granma.cubaweb.cu/secciones/ref-fidel/art020.html

[5] CIMEX – Según su portal en internet:La Corporación CIMEX es un grupo empresarial privado, de capital estatal cubano, que se ha caracterizado desde su creación hace más de 20 años, por el crecimiento constante y la estabilidad financiera, tanto dentro como fuera del país. Su organización la integran más de 80 empresas, con 10 sucursales territoriales en toda la Isla, y divisiones especializadas que comprenden amplios e importantes sectores de la economía cubana.

[6] UNEAC – Unión de Artistas y Escritores de Cuba

[7] Manuel David Orrio del Rosario, “Cuba, la CIA y sus estimados económicos”; en: http://www.kaosenlared.net/noticia/cuba-cia-estimados-economicos

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